La Unión Europea: pasado, presente y nuestro reto de futuro

Artículo publicado el 9 de mayo de 2016 en Neupic

Cada 9 de mayo, desde que en 1950 naciera el sueño de una Europa unida con el discurso pronunciado por Robert Schuman, los ciudadanos europeos celebramos la paz y la unidad de nuestro viejo continente. Me atrevo a afirmar que, 66 años después de la Declaración fundacional, el proyecto de los padres fundadores sigue vivo, tocado pero vivo. Porque los valores que lo inspiraron de paz, solidaridad y justicia son los mismos principios que deben cimentar la Europa actual.

Es innegable que hoy celebramos el Día de Europa con una Unión Europea más fragmentada y alejada de sus ciudadanos. Primero fue la crisis económica, que llevó aparejado el emergente auge de los populismos euroescépticos y eurófobos. Seguida de la dramática crisis humanitaria migratoria y de refugiados, así como de la inminente sombra de una posible salida de Reino Unido de la Unión Europea que han vuelto a poner en duda el futuro del proyecto europeo.

Europa ha sido capaz de superar su mayor crisis económica, pero no así la crisis social y de valores a la que actualmente nos enfrentamos. No se ha apostado por una Europa de esperanza, por una Europa que promueva la responsabilidad y la solidaridad. Y ello, inevitablemente, ha desembocado en la crisis de valores que estamos viviendo y que amenaza la continuidad del modelo social europeo.

A pesar de la coyuntura actual, no cabe duda de que la integración de la Unión Europea ha progresado desde ese célebre 9 de mayo de 1950. Muchos han sido sus logros, nuestros logros. La Unión se ha visto ampliada de seis a veintiocho Estados miembros. Los ciudadanos europeos han vivido en paz durante las seis últimas décadas. Se ha forjado un verdadero mercado interior único que sustenta nuestra economía, una moneda única, un estado de bienestar social, la libertad de moverse de un Estado a otro sin controles fronterizos, así como un alto nivel de cohesión entre las regiones europeas.

Celebramos este Día de Europa, treinta años después de la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea. Desde aquel momento España supo ver la Unión Europea como una oportunidad. Y hoy, más que nunca, debemos seguir adoptando una mirada positiva hacia el proyecto europeo. No podemos negar que muchos han sido los beneficios tangibles obtenidos. Durante estas tres décadas como miembros del “Club europeo”, España ha recibido más de 150.000 millones de euros procedentes de la política europea de cohesión, siendo el principal receptor de ayudas en términos absolutos.

El Día de Europa, es un día para celebrar nuestra identidad europea, la de más de 505 millones de ciudadanos de la Unión Europea. Sin embargo, estamos hoy muy lejos de ese sentimiento de identidad europea. Los ciudadanos se alejan, no faltos de razón, de esta Europa insolidaria que construye muros y fronteras y amenaza diariamente el Acuerdo de Schengen y, por ende, la libertad fundamental de libre circulación entre países de la Unión, piedra angular y derecho esencial, mimbre de nuestro proyecto común.

Estoy convencida de que el mejor homenaje que se puede brindar a la construcción europea en el Día de Europa es que los Estados miembros expresen su firme compromiso con una Unión Europea y afianzar la irreversibilidad de nuestro proyecto común. Y ello en pos de los intereses de la Unión en su conjunto y en contra de los crecientes movimientos populistas y nacionalistas, euroescépticos y eurófobos. Acercar Europa a los ciudadanos y salvar las distancias entre los ciudadanos y las instituciones comunitarias.

Los que bien me conocen saben que siempre he apostado por la necesidad de comunicar una Europa en positivo. Sin embargo, no podemos mirar hacia otro lado. Ante la mayor tragedia humanitaria de refugiados que vive Europa tras la II Guerra Mundial, la Unión Europea no puede, ya no solo legalmente, sino moralmente, llegar a soluciones tan inhumanas e indignas como las que estamos viendo últimamente, ya que estaría propiciando la “deconstrucción” de nuestro proyecto europeísta edificado bajo los cimientos de la solidaridad y la integración. Valores que debemos recuperar si queremos seguir avanzando juntos en nuestro proyecto común y no queremos una involución en la construcción e integración europea.

En definitiva, los líderes europeos tienen la obligación de devolver la dignidad a Europa, eliminando las fronteras y los muros, recuperando nuestros valores y las libertades fundamentales que cimentan esta Unión. Así como volviendo juntos a los principios de paz, justicia y solidaridad que inspiraron hace 66 años nuestro proyecto común.
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Refugiados: drama humanitario y desafío para la UE

Artículo publicado en Neupic el 15 de marzo de 2016

Europa vuelve a ser portada y utilizada como arma electoral y partidista debido a las medidas propuestas por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea junto a Turquía en la Cumbre celebrada el pasado 7 de marzo que tenía como primera finalidad reforzar su cooperación en materia de crisis migratoria y de refugiados.

En primer lugar habría que matizar y ceñirnos a lo realmente “acordado” esto es una propuesta de una estrategia común medidas urgentes a la luz de la actual situación. Estamos todavía ante una Declaración y no ante un acuerdo de medidas, como demagógicamente muchos se han apresurado a transmitir y a denunciar durante los últimos días en los medios de comunicación.

Es innegable que estamos ante un verdadera tragedia humanitaria y así lo indican las dramáticas cifras que nos indican que estamos ante  la mayor tragedia humanitaria internacional desde la Segunda Guerra Mundial. Más de seis millones y medio de desplazados dentro del propio país, y más de cuatro millones y medio de sirios han huido a países vecinos. Asimismo, acoge más de tres millones de refugiados y se erige como receptora de la mayor población de refugiados en el mundo y, por tanto, su papel es clave en la gestión de esta crisis.

Estamos todos de acuerdo en que la Unión Europea y sus Estados miembros no pueden seguir mirando hacia otro lado y deben ponerse de acuerdo en coordinar una política migratoria común.

Entre las propuestas de medidas urgentes propuestas el pasado 7 de marzo figuran, como las más controvertidas y objeto de todas las críticas, la medida de “instaurar un mecanismo para retornar a todos los nuevos migrantes que de forma irregular pasen de Turquía a las islas griegas, asumiendo la UE los costes”; así como la medida de “reasentar, por cada sirio readmitido por Turquía desde las islas griegas, a otro sirio desde Turquía en los Estados miembros de la UE, en el marco de los compromisos vigentes”.

En palabras del Presidente del Consejo, Tusk, estas medidas, derivadas de los esfuerzos de la UE para afrontar esta dramática coyuntura, se toman con la finalidad de acabar con el modelo de negocio de las mafias y los traficantes de personas.

Con razón, son muchas las voces que se alzan en contra de la medida de devolución o retorno alegando que son ilegales en cuanto no se cumple la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, que impone la necesidad de asistir y proteger a toda persona que atraviesa una frontera internacional huyendo de un conflicto violento. Por tanto, de conformidad con la normativa internacional, no cabría expulsar automáticamente a toda persona que entre irregularmente en Grecia a un país que no se puede considerar seguro y sin permitirle completar su trámite de solicitud de asilo.

En el mismo sentido, la propuesta de acuerdo de los Líderes europeos con el gobierno turco, fue objeto de debate en el Pleno de la Eurocámara. Mayoritariamente los eurodiputados mantuvieron que el derecho internacional de asilo debe respetarse. Postura con la que estoy completamente de acuerdo, como no podría ser de otra manera.

Y en la otra cara de la moneda, encontramos un creciente y preocupante populismo en su vertiente de extrema derecha contraria al acogimiento de refugiados en Europa, que incluso han sacado rédito electoral con la gestión de esta tragedia como hemos visto este fin de semana en las elecciones regionales que tuvieron lugar en Alemania.

Para concluir, considero que la Unión Europea y, por ende, sus Estados miembros, deben seguir siendo fieles a sus valores y rechazar políticas de retorno de demandantes de asilo por defecto y sin salvaguardas. Nunca deben ser tratados como inmigrantes económicos, porque huyen de conflictos bélicos en sus países de origen. Sin embargo, de las propuestas y la Declaración de medidas urgente aprobada en la Cumbre con Turquía, se desprende la consideración de tales refugiados como posibles migrantes económicos y, si ello fuera así en principio, no sería aplicable el derecho ni el procedimiento de asilo establecido en la Convención citada y, por ende, se entenderían medidas ajustadas a la legalidad.

Estoy convencida de que el próximo viernes estas medidas propuestas se matizarán y concretarán. La Unión Europea no puede ni debe, ya no solo legalmente, sino moralmente, llegar a soluciones tan inhumanas e indignas ya que estaría propiciando la “deconstrucción” de nuestro proyecto común edificado bajo los cimientos de la solidaridad y favoreciendo una sociedad cada vez más deshumanizada.

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Los populismos y nacionalismos amenazan Europa

Artículo publicado en El Mundo edición de Baleares el 08/12/2015

Artículo El Mundo foto 8.12.2015

Que la Unión Europea se construyó con fisuras y alguna fractura, es innegable y muchas han sido las brechas que se han ido abriendo durante estos casi 70 años de proceso de integración y construcción europea: entre el Norte y el Sur; los países acreedores y los países deudores; los países más euroescépticos y los europeístas; los Estados fundadores y los Estados miembros nuevos (los llamados países del Este); los países de la Eurozona y los países sin monda común; la Europa de las dos velocidades. La amenaza del Grexit, que puso en jaque a la Eurozona, o la sombra de una posible salida de Reino Unido de la UE (el famoso Brexit) han propiciado una nueva brecha en el proyecto europeo.

Una Unión Europea con demasiadas brechas que ha dado paso a los emergentes movimientos no solo euroescépticos sino anti europeos y eurófobos que no entiende  “de izquierdas” o “de derechas” y que tienen en común el mismo discurso desafiante hacia las instituciones. Se basan en el adoctrinamiento y tienen la firme voluntad de dinamitar el sistema democrático.

Por un lado, el progreso de la extrema derecha, en Francia, Holanda, Bélgica,  Finlandia o Austria de los partidos xenófobos, populistas y antieuropeos, es consecuencia de la crisis política y social, así como de la ausencia de liderazgo político europeo en positivo.

Por otro lado, las posiciones de agitación eurofóbica por parte de la izquierda radical populista, como Syriza en Grecia o Podemos en España, que han conseguido cuestionar el modelo social europeo como modelo democrático de éxito. Aunque Podemos está suavizando su mensaje anti europeo por razones electoralistas.

Este populismo de izquierdas radical, de cariz revolucionario, ha cogido el filón de los movimientos anti-austeridad en el Sur de Europa como vía de salida de la crisis económica. La realidad es que se han servido de las heridas sociales que pretenden secuestrar la voz de los ciudadanos. Pero es un error pensar que los populistas nos traen soluciones nuevas bajo el brazo. Como los gobiernos comunistas europeos que llevaron al abismo a sus países ahogando la libertad de sus ciudadanos y donde económicamente defendieron economías controladas por el poder en contra de lo privado y no fueron capaces de resistir la competencia de la economía de libre mercado, mucho más eficiente.

La solución ante el auge de los populismos y sus fórmulas mágicas, tanto en Europa como en España, no debe ser caer en la misma retórica ni en los tics de los populistas y dar respuestas simplistas a problemas complejos.

El populismo también enarbola la bandera del soberanismo nacional en forma de nacionalismo y viceversa. Razones no le faltan al Premio Nobel de Literatura Vargas Llosa para afirmar que “el nacionalismo es la forma más perniciosa del populismo”.

Nunca debemos olvidar que los nacionalismos exacerbados de todo signo político fueron los responsables de las grandes guerras del siglo pasado.

El nacionalismo no es algo nuevo en la Unión Europea. Esta clase de populismo surge a principios de los años 90’ cuando empieza a ver el proyecto político como integracionista y peligroso para la soberanía nacional que quedará sometida a una estructura federal supranacional.

Durante el mandato de Margaret Thacher, la cuestión europea se convirtió en uno de los más importantes puntos de fricción dentro de su partido, el de los conservadores británicos.  Postura “euroescéptica” con la que tuvo que lidiar el entonces presidente de la Comisión Europea Jacques Delors y con la que ahora tendrá que batallar Jean- Claude Juncker para evitar que la amenaza (chantaje) del Brexit sea una realidad tras unos resultados negativos para la unidad del proyecto europeo tras el referéndum convocado por Cameron para 2017.

Además de estos populismos y movimientos soberanistas anti-europeos, existe la amenaza en Europa de otro tipo de nacionalismo, también una forma de populismo, el nacionalismo excluyente con objetivo secesionista. En este caso, lo que se pone en juego es la integridad territorial de la Unión Europa.

La remota posibilidad de que la Unión Europea quede fragmentada territorialmente, es un riesgo que no debemos correr. Porque una posible secesión supondría un menoscabo de la integridad territorial no solo de un Estado miembro, sino también de la Unión Europea. Cualquier proceso de soberanía autoproclamado, dirigido a declarar unilateralmente la secesión de los territorios que forman parte de los Estados miembros, va más allá de la legalidad y, por lo tanto, no será reconocido como legal por los demás Estados miembros.

Por tanto, en el muy hipotético caso de que se diera el peor de los escenarios posibles y  un territorio que forme parte de un Estado miembro declarase unilateralmente su independencia, con el Tratado de la Unión Europea en la mano, los ciudadanos de dicho territorio perderían su condición de ciudadanos europeos, porque la condición de ciudadano europeo se deriva de la situación previa de ciudadano de un Estado miembro.

No cabe resquicio de duda, el “nuevo Estado” surgido tras una secesión debería poner en marcha un nuevo proceso de adhesión a la Unión Europea con el fin de volver a unirse y sus ciudadanos perderían los derechos y obligaciones que anteriormente disfrutaban como perteneciente a un Estado miembro.

El pasado 7 de octubre el Rey de España, Felipe VI, en la Eurocámara aseveró muy acertadamente  “Soy europeo, porque soy español”.

Estamos ante una involución sin precedentes en nuestro proyecto común de integración y unión, muy lejos de su espíritu constructivo e inclusivo. La división y la segregación son claramente contrarias a la filosofía y al espíritu fundacional de la UE.

Los Gobiernos de los veintiocho Estados miembros y los líderes europeos tienen la responsabilidad de defender los valores que inspiraron la construcción europea. Tienen el deber de avanzar en políticas comunes fuertes y promover el sentimiento de identidad común y pertenencia a la Unión Europea en contra de los excesos del movimiento nacional-populista y antieuropeo, incluso con tintes eurófobos, lamentablemente cada día más presente en nuestro viejo continente.

En definitiva, el populismo y el nacionalismo no pueden ser la respuesta ni la solución a los desafíos de nuestros tiempos.

“Bruselas” ¿realmente es el coco o el lobo feroz?

Artículo publicado en Neupic el 3 de octubre de 2015

IMGP3784Hoy hemos vuelto a ser testigos de mediocres mensajes pintando a “Bruselas” como el coco o ese lobo feroz al que todos, ingenuamente, temimos cuando éramos niños. Mensajes, que muy lejos de la realidad, contribuyen a aumentar la desafección de los ciudadanos hacia las instituciones europeas y a alejarnos de esa “Más y Mejor Europea”, a la que todos hacen referencia en sus grandes discursos.

Sin duda, es una irresponsabilidad que tanto los representantes políticos como muchos medios de comunicación solo hablen de la Unión Europea y sus instituciones en negativo.  ¿Por qué no se habla hoy del “sello de excelencia” aprobado ayer por la Comisión Europea para aumentar la calidad de la financiación de la investigación a nivel regional? ¿O de las grandes oportunidades que supone la UE para sus ciudadanos? ¿Por qué los representantes políticos cuando hablan de la garantía juvenil para acabar con el desempleo de los jóvenes no nombran a la Unión Europea? En esos casos, todos omiten que se tratan de medidas e iniciativas que aprueba o impone “Bruselas”. Al igual que cuando se inauguran infraestructuras o institutos de investigación  cofinanciados por la UE. Ahí nadie se acuerda de Europa…. se traslada que los méritos son solo propios.

En este contexto, el gran reto es, sin duda, acercar la Unión Europea al ciudadano y devolver la credibilidad de sus instituciones. Y aquí juegan un papel fundamental tanto los medios de comunicación, como las autoridades locales, regionales, nacionales y europeas. Debe ser responsabilidad de todos comunicar “Más Europa en positivo”, solo así se logrará despertar el interés de los ciudadanos por Europa y reavivar el sentimiento de identidad europea.

Pero para ello, se debe evitar, en la medida de lo posible, trasladar el mensaje de que todo lo malo es culpa de “Bruselas”; el falso y recurrente tópico que más daño ha hecho al proyecto europeo y que tanto ha contribuido al auge del euroescepticismo y de la eurofobia. En definitiva, se debe acabar con el recurso fácil de que “Bruselas” es el lobo feroz o que la Comisión Europea es el coco que quiere comernos a todos. Porque la Unión Europea no es ningún cuento, es nuestro proyecto común.

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Reestablecer las fronteras internas UE: una amenaza para Schengen y el proyecto europeo

Artículo publicado el 29 de septiembre en Neupic 

El restablecimiento de controles en las fronteras internas de la UE amenaza Schengen y limita la libre circulación de personas, piedra angular del proyecto europeo.

No cabe duda, de que estamos siendo testigos de la amenaza real que supone para el derecho fundamental de libre circulación  el reestableciemiento de los controles en las fronteras entre Estados miembros (fronteras internas) de la Unión Europea. Schengen está más cuestionado que nunca, a raíz primero de los atentados yihadistas en Francia y Dinamarca del pasado mes de enero y de la crisis migratoria y de refugiados que está azotando Europa. Y precisamente en un momento en el que se cumplen veinte años del hito histórico de la abolición de los controles en las frontera internas con la entrada en vigor del Acuerdo Schengen firmado diez años antes.

El Convenio Schengen supuso la supresión de los controles fronterizos entre Alemania, Francia, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos, Portugal y España; y convirtió en realidad el derecho a la libre circulación y la movilidad de sus ciudadanos, piedra angular del proyecto europeo.

Este Acuerdo lleva el nombre de Schengen, el pueblecito luxemburgués donde hace justo treinta años se firmó este Acuerdo de cooperación, más intergubernamental que comunitario en ese momento, y que se fue implementando de forma gradual.

Desde entonces, ya son veintiséis países los que se han sumado al espacio Schengen, todos ellos de la UE, excepto Reino Unido, Irlanda, Croacia, Chipre, Rumanía y Bulgaria y  cuatro no comunitarios: Noruega, Suiza, Islandia y Liechenstein.  Actualmente se dan alrededor de 1,25 billones de desplazamientos dentro del espacio Schengen cada año.

Es innegable, que Schengen es uno de los mayores logros de esta Unión Europea, que no hubiera sido posible sin la confianza mutua y la estrecha cooperación entre los Estados miembros. Cooperación y confianza, ingredientes necesarios si se quiere relanzar el proyecto de construcción europea y avanzar hacia una verdadera unión política.

La libre circulación es uno de los derechos más emblemáticos de la construcción europea. La libre circulación de personas es una libertad y un derecho fundamental que la Unión Europea garantiza a sus ciudadanos y que tiene una repercusión muy importante en nuestra vida cotidiana y en nuestra sociedad. Un derecho fundamental que constituye en sí mismo un activo para todos los Estados miembros de la UE y que, sin duda, es irreversible como no ha dejado de reiterar el presidente del ejecutivo comunitario, Jean-Claude Juncker y su colegio de comisarios en los últimos meses.

Crear una “Europa más segura”, garantizar la seguridad de los ciudadanos europeos y gestionar la entrada de refugiados, no debe llevar a los Estados miembros a tomar medidas soberanas en caliente de reintroducir controles en las fronteras internas, ya que ello lleva aparejada una limitación de los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos europeos.

Es, por tanto, el momento de que la Unión Europea esté a la altura, de hacer políticas europeas para aumentar la protección de las fronteras exteriores, así como mejorar la cooperación y el intercambio de información entre Estados, y consolidar una verdadera política común migratoria y de asilo.

En definitiva,

La libre circulación sin obstáculos, siempre que la seguridad de los ciudadanos quede garantizada, refuerza la identidad europea y contribuye a crear y creer en más y mejor Europa. La libre circulación sin fronteras dentro de la Unión Europea y del espacio Schengen debe ser siempre una prioridad para construir la identidad europea.

 

 

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La Unión Europea “tocada” y “herida”

Artículo publicado el 1 de septiembre de 2015 en El Mundo edición de Balearesartículo de El Munco foto

Tras un verano convulso en cuanto a actualidad europea, arrancaba el nuevo curso político con la comparecencia del Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ante el Parlamento Europeo. Sobre la mesa, un tema prioritario, la resolución del drama migratorio que está poniendo en jaque uno de los valores inspiradores del proyecto europeo, el de solidaridad y una de las grandes libertades fundamentales, la libre circulación de personas, piedras angulares de nuestra Unión Europea.

Es incuestionable que la gestión de la crisis griega por el Eurogrupo y la crisis migratoria han agudizado la desconfianza de los ciudadanos europeos hacia el actual modelo de Unión Europea. Llegando a poner en tela de juicio la gobernanza europea, la unión monetaria y el liderazgo de la actual Unión Europea. Incluso algunos de los principios fundamentales que inspiraron, y deben seguir inspirando, la construcción europea, han llegado a tambalearse.

Ni siquiera el acuerdo alcanzado in extremis en el caso de la crisis griega fue motivo suficiente para afirmar que la Unión Europea salía reforzada, mensaje que lanzaron muchos, en mi opinión, erróneo.

Estaríamos haciendo un flaco favor al proyecto de construcción europea, si no reconociéramos que la Unión Europea está “tocada” y “herida”.

En ambas crisis, ha sobrado exceso de soberanía nacional y exceso de primacía de los intereses internos y electoralistas de los Estados miembros. Y ha faltado gobernanza y política europea en pro de los intereses de la Unión en su conjunto. Eso que muchos llevamos años pidiendo, Más y Mejor Europa.

La Unión Europea continúa siendo nuestra más admirable causa a compartir, un destino común que debemos construir entre todos.

Como europeísta convencida, confío en que sea el revulsivo para empezar a poner las bases para caminar hacia una verdadera unión política en torno a un proyecto común, con unas instituciones supranacionales fuertes que lideren esta construcción europea. Solamente de esta forma, se logrará restablecer la confianza de los ciudadanos con el proyecto europeo y sus instituciones.

Es un buen momento para que Juncker, Schultz y Tusk tomen el mando de esta Unión Europea, que hasta ahora ha adolecido de falta de liderazgo, y  se erijan como verdaderos representantes y portavoces de los intereses comunes de los ciudadanos europeos desde las instituciones comunitarias que presiden.

Los líderes de la actual Unión Europea, junto a los líderes nacionales, tienen la responsabilidad de volver a encontrar un sentido político al proyecto europeo.

Ante este contexto, los líderes europeos no pueden seguir mirando hacia otro lado. Es el momento de dar un paso hacia adelante y abrir oficial e institucionalmente el debate, que existe desde hace años en el plano ideológico y político.

¿Qué modelo de Unión Europea queremos? ¿Caminar hacia una Unión reforzada? ¿Avanzar hacia la versión más federalista de Europa? O, por el contrario, ¿avanzar hacia una Unión con más soberanía para los Estados? Incluso se ha llegado a poner sobre la mesa de nuevo, la idea de la Europa de las dos velocidades o la de una Unión que diferencie entre los países de la Eurozona de los que no forman parte de ella.

Y como ya soñara el ilustre coruñés Salvador de Madariaga a mediados del siglo XX, o el gran Víctor Hugo en el XIX, ¿por qué no avanzar hacia una verdadera Unión federal? los “Estados Unidos de Europa” como único modelo social, económico y político para esta Europa cada vez más alejada de sus ciudadanos.

Con el Tratado de Niza, la caja de pandora se abrió, aunque entonces, lamentablemente, se decidió apostar por una Unión intergubernamentalista que ahora se ha comprobado que está llena de carencias.

Durante los últimos años, Europa ha tenido que hacer frente a una de la mayor crisis económica, política y social de su historia; al drama migratorio, al auge de partidos populistas eurófobos, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, a escala nacional y en la Eurocámara; así como a la pérdida de poder en un mundo globalizado ante el avance económico de Estados Unidos y las grandes economías asiáticas emergentes.

La Unión Europea se enfrenta a los retos y demandas del siglo XXI. Es el momento de construir una Europa preparada para el futuro, competitiva e innovadora. Una Europa que promueva la responsabilidad y la solidaridad. Una Europa que conecte con las personas. Y, por supuesto, uno de sus principales desafíos debe ser recuperar la confianza de los ciudadanos en el proyecto europeo. Promoviendo y estimulando una ciudadanía europea activa, poniendo en valor nuestra identidad europea y los derechos fundamentales que ésta lleva aparejados.

No cabe duda, que para poder afrontar estos retos, la Unión Europea debe reforzarse de una verdadera unión política, combinando los principios de solidaridad y subsidiariedad.

En definitiva, en este momento crucial, en el que el debate sobre el proyecto europeo y el modelo de Unión Europea ha quedado oficialmente abierto, es clave que Europa hable con una sola voz y esté bien liderada. Para ello los Estados miembros y sus representantes deben estar a la altura, perder soberanía nacional en favor de seguir construyendo el proyecto común con la misma ilusión con la que lo hicieron hace ya 65 años Robert Schuman, De Gaulle, Churchill, Jean Monnet, o Adenauer, padres fundadores de la integración europea. Porque los valores que la inspiraron, de paz, libertad, democracia, solidaridad y justicia, son los mismos principios que cimentan la Europa de hoy. Valores y principios que se han confirmado como mimbres necesarios para resolver cualquier crisis que se nos presente.

9 de mayo: Día de Europa. Celebremos nuestra identidad europea

Artículo publicado en Neupic

Como cada 9 de mayo todos los ciudadanos europeos celebramos el Día de Europa, uno de los símbolos de nuestro proyecto común, en conmemoración de la declaración Schuman.

El 9 de mayo de 1950, cinco años después del fin de la II Guerra Mundial, el francés Robert Schuman junto al resto de ministros de exteriores de Italia, Alemania, Países Bajos, Luxemburgo y Bélgica, pronunció un discurso que se conoce como la Declaración Schuman cuyo objetivo era la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).

Aquellos visionaron tenían un sueño, el de construir una Europa unida entorno a un proyecto común y de integración que garantizara la paz, la unidad, la libertad, la justicia y la solidaridad en el viejo continente. No en vano se les conoce como los padres fundadores de la actual Unión Europea. El Día de Europa va más allá

Es un día para celebrar nuestra identidad europea, la de más de 505 millones de ciudadanos de la Unión Europea. Una identidad europea que nos confiere unos derechos por el hecho de ser ciudadanos europeos y que se encuentran consagrados en el tratado fundacional de la UE. Como por ejemplo el derecho a circular, estudiar, residir y trabajar en otro país de la Unión Europea, el derecho de petición ante el Parlamento Europeo, el derecho de sufragio activo y pasivo en las elecciones al Parlamento Europeo, así como en las elecciones municipales del Estado miembro de residencia, entre muchos otros.

El 9 de mayo es un día simbólico para reafirmar nuestro compromiso con el proyecto común que iniciaron los padres fundadores, con la misma ilusión que ellos lo hicieron hace ya 65 años.

Sin embargo, soy de la opinión de que es el momento de abrir un debate de verdad y reflexionar sobre ¿qué Europa queremos?. Pero teniendo bien presente que el proyecto europeo es irreversible y que los principios que lo inspiraron siguen hoy más vigentes que nunca. Yo abogo por caminar todos juntos en la construcción de los Estados Unidos de Europa, aunque los últimos acontecimientos en Reino Unido o Grecia, o la respuesta europea ante el drama de la inmigración en el Mediterráneo, den pie a pensar que la Unión Europea va en sentido contrario.

Y acabo con mi clásica reivindicación que hoy no puedo dejar de mencionar. Es imprescindible Más y Mejor Europa, pero sobretodo, es necesario acercar Europa al ciudadano y Comunicar Europa en positivo, tanto por los medios de comunicación, como por los representantes políticos a nivel nacional y regional.

Foto propia. Edificio Berlaymont de la Comisión Europea

Foto propia. Edificio Berlaymont de la Comisión Europea

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